Sobre la creadora de Pilpirak
Mis inicios en la intervención social
Soy Bea Ortega, creadora de Pilpirak.
A los 18 años inicié mi formación en Trabajo Social con una convicción idealista: la de cambiar el mundo.
La carrera me dotó de herramientas para acompañar procesos de cambio, pero también me mostró los límites de un sistema que, a menudo, prioriza la burocracia sobre la conexión humana.


Conociendo el trabajo comunitario
Con 20 años me fui a vivir a Buenos Aires gracias a una beca.
Trabajando como educadora comunitaria en la Villa 31, descubrí la educación popular, la justicia social y la sabiduría indígena del Buen Vivir: una forma de entender la vida que busca el equilibrio y el cuidado mutuo entre las personas, la comunidad y el territorio que habitan.
Aquella experiencia me transformó para siempre y marcó el inicio de mi trayectoria profesional.
La mirada antropológica:
comprender para transformar
Para profundizar en esa mirada relacional, me licencié en Antropología Social y Cultural y comencé mi trayectoria como investigadora desde la IAP (Investigación-Acción Participativa).
Desde entonces, mi papel en la investigación se aleja del rol de observadora externa. Mi labor es guiar procesos de análisis protagonizados por las propias personas implicadas y enfocados en transformar su realidad a través de la acción estratégica.
Concibo la antropología como una herramienta poderosa que nos ayuda a comprender y transformar nuestra vida cotidiana. Nos invita a hacernos más preguntas y dar menos respuestas absolutas, a profundizar desde el pensamiento crítico, a recordar que nuestra forma de entender la vida es solo una posibilidad entre infinitas otras.
El punto de inflexión: el cuidado de la vida en el centro
Durante años, mi práctica profesional estuvo volcada en el rendimiento constante. En nombre de la eficiencia y bajo la autoexigencia de ofrecer siempre la mejor intervención posible, en algún momento crucé mis propios límites. Me convertí en una máquina: resolutiva e incansable, pero a costa de mí misma.
Aquel colapso abrió una puerta inesperada hacia la naturaleza, presentándose como mi mejor aliada para mi proceso de cambio: estar en contacto con la naturaleza era una forma de cuidarme y de conectar con mi propia esencia. Así, decidida a incorporar formalmente el poder sanador de la naturaleza en mi práctica profesional, comencé a formarme como Sintonizadora de la Naturaleza en la Escuela de Ecopsicología de España.
Tras experimentar en primera persona todo este proceso, comprendí que el desgaste profesional no es un fallo individual, sino el síntoma de un modelo de vida y de un sistema de atención social extenuante y limitado.
Esta vivencia me dio la certeza de que fortalecer el vínculo con nuestro entorno social, cultural y natural es esencial para promover procesos de transformación que sean verdaderamente sostenibles en el tiempo.

